Testigo del fiel ministerio de Albert N. Martin
Por D. Scott Meadows
Al preparar unas conferencias sobre William Perkins y su teología pastoral, me sumergí en el pensamiento de aquel hombre al que a veces se llama el “padre de los puritanos”. A medida que analizaba la visión de Perkins sobre cómo debía ser un ministro del Evangelio, me sorprendí a mí mismo volviendo una y otra vez, casi sin querer, al ejemplo de Albert N. Martin.
El retrato que Perkins pintó en el siglo dieciséis lo había contemplado con mis propios ojos y escuchado con mis propios oídos a lo largo de décadas de amistad y mentoría. Escribir sobre el pastor ideal en abstracto sin decir nada del hombre que encarnaba ese ideal tan plenamente me parecía una especie de ingratitud que no podía permitirme. Por lo tanto, es un profundo privilegio personal plasmar este testimonio.
Albert N. Martin, quien entró en la presencia de su Señor el siete de abril de dos mil veintiséis, fue para mí el más querido de los amigos y el mentor que más me formó. Todo lo que he llegado a ser como fiel ministro del Evangelio lleva su huella.
William Perkins insistía en que el ministro debe ser lo que predica para esperar la mayor bendición sobre su labor. El pastor Martin cumplió este ideal con una coherencia que sigue despertando mi asombro y mi gratitud. La Escritura estaba en él y brotaba de él en un grado que no he visto en ningún otro hombre. Poseía un conocimiento asombroso de toda la Biblia, junto con una memoria extraordinaria, y tenía el tan inusual don de aplicar miles de pasajes a circunstancias específicas de la vida de una persona, de un pastor, de una familia y de una congregación, con precisión, calidez y autoridad.
Se sentía igual de cómodo de pie al fondo del santuario, con los brazos abiertos para abrazar a los niños que corrían hacia él después de un servicio, como sentado en silencio en su estudio, trabajando con paciente esmero para aconsejar a un joven ministro en dificultades y ayudarle a encontrar claridad y valentía. En ambos entornos él era enteramente él mismo, y estaba totalmente a tu servicio.
Edward Donnelly describió su predicación como poderosa, apasionada, exegéticamente sólida, equilibrada, de estructura clara y de aplicación penetrante, acompañada de lo que Donnelly denominó “un grado peculiar de unción del Espíritu”. Quienes la escuchamos en directo, o quienes hemos vuelto a ella a través de grabaciones realizadas a lo largo de medio siglo de ministerio, sabemos exactamente a qué se refería Donnelly.
Sin embargo, Albert Martin nunca permitió que el peso de un ministerio global generara la distancia o la inaccesibilidad que tan a menudo acompaña a la fama ministerial. Respondía a las cartas de inmediato, abría las puertas de su casa sin reservas, se entregaba generosamente a los jóvenes que no tenían ningún derecho especial sobre su tiempo y, año tras año, insistía a los pastores en lo que Perkins habría reconocido de inmediato como el correcto orden de una vida: que somos, primero que todo, cristianos; luego maridos y padres; y solo después, ministros del Evangelio. Pero él no se limitaba meramente a enseñar esta prioridad en el orden; él la ponía en práctica.
Entre los grandes privilegios de mi vida se encuentra la oportunidad de trabajar estrechamente con el pastor Martin como su editor durante sus años de jubilación, colaborando en varios libros en el tipo de compañerismo que solo se profundiza con el tiempo y la confianza. Cada una de esas obras lleva la marca de este hombre, pero su mayor logro impreso es Teología Pastoral en tres volúmenes.
Para cuando esa obra se estaba preparando para la imprenta, habíamos llegado a algo que atesoro más allá de lo que puedo expresar con palabras: una íntima afinidad de ideas entre autor y editor, fruto de una larga amistad y del trabajo compartido en la Palabra.
Él deseaba fervientemente poder finalizar bien su carrera. Por la gracia de Dios, y para asombro de todos los que lo miraban, me complace decir que lo logró. En Albert Martin, la visión de Perkins del pastor piadoso, erudito y diligente no fue una construcción teórica, sino una realidad de carne y hueso, un don de Dios para su generación y un modelo que ahora se recomienda a esta y a todas las generaciones venideras.
Agradezco a Dios de todo corazón por el bendito recuerdo del pastor Albert N. Martin. Que el Señor nos conceda mucha gracia para imitarlo, tal y como él imitó a Cristo.




