“Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos;
y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos,
y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”.
(Hebreos 4:12)

Gran parte de la vitalidad y de la fuerza viva de tu sermón recae en las aplicaciones que haces a la vida de tu congregación. El Espíritu orienta el mensaje del texto para animarnos, a fin de que encarnemos la verdad, y nuestras vidas autentiquen la verdad de la Palabra de Dios […] Queremos expresar la verdad para que el Espíritu pueda utilizarla para transformar a nuestros oyentes. Queremos comunicar «el conocimiento de la verdad que es según la piedad» (Tito 1:1). Que salgan del servicio de adoración, no contemplando ideas abstractas, sino proponiéndose a sí mismos ponerlas en práctica. Incluso si la aplicación solo les llama a tener nuevos pensamientos bajo la instrucción de la Palabra, queremos que lo hagan con mentes renovadas que les impulsen a vivir conforme a «la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta» (Rom. 12:2).

Ya sea que las aplicaciones se presenten principalmente como consuelo, instrucción, reprensión, inferencia, observación o deducción, las aplicaciones deben ser hechas. «Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar» (2 Tim. 3:16). El pueblo de Dios debe ser enseñado, pero el ministerio de la Palabra no se detiene ahí. Esa misma Palabra que es «útil para enseñar», está destinada «para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra» (2 Tim. 3:16-17). Como predicador, debes discernir cómo el texto de tu sermón ha sido soberanamente diseñado por Dios para cumplir todas estas funciones en las vidas de Su pueblo. Es tu responsabilidad articular esas funciones en dependencia del Espíritu […]

Estos son los objetivos hacia los cuales debemos esforzarnos al componer nuestros sermones expositivo-textuales. Explica el contexto de tu texto. Explica el significado de las palabras de tu texto. Expresa el mensaje central de tu texto. Aplica el mensaje de tu texto. Podemos considerarlos en orden inverso. El objetivo es aplicar el texto a nuestros oyentes. Para ello, necesitamos identificar y expresar el mensaje principal del texto, habiendo explicado brevemente el significado de las palabras del texto, y luego de haber primero situado el texto en su contexto. Encuentro de mucha ayuda pensar en lo que es la predicación en términos de un esfuerzo honesto por responder dos preguntas básicas. La primera es: «¿Qué dice el texto?». La aplicación del texto debería responder la segunda pregunta: «¿Qué debo hacer a la luz de lo que he aprendido?» […]

Después de haber explicado el texto y de haber demostrado su significado, debemos entonces hablar de las implicaciones prácticas de aquellas palabras. Si el pueblo de Cristo está convencido de que tu exposición ha sido un desarrollo fiel de lo que dice el texto, su siguiente preocupación será que respondas a la pregunta: «¿Y ahora qué?». Luego de haber escuchado el significado de este texto, cuando mañana regrese a mi trabajo –la pregunta que el oyente hará es: «¿Y ahora qué?». Cuando alguna hermana atienda a las necesidades de sus tres hijos pequeños: «¿Y ahora qué?». Cuando consideramos nuestra relación con nuestro cónyuge: «¿Y ahora qué?». Nuestro objetivo es articular los principios que fluyen del texto para que nuestra gente pueda aplicarlos a sus propias vidas en sus diversas situaciones […]

Solamente cuando la Palabra de Dios revelada y objetiva se grabe poderosamente en sus conciencias y en sus situaciones, por medio de una relevante aplicación, es cuando experimentarán el vivo vigor de la Palabra de Dios como aquella espada de doble filo que penetra y expone el corazón ante Dios (Heb. 4:12).

Es en este punto en donde la enseñanza y la predicación son fundamentalmente diferentes. En la predicación, el objetivo final es la conciencia, la voluntad y los afectos, al informar las mentes y entendimientos de los hombres acerca de las palabras y la voluntad de Dios. No deseamos ver a hombres y mujeres simplemente volverse más inteligentes. Queremos verlos siendo conformados a Cristo en todos los aspectos de sus vidas. Para este fin, debemos hacer lo que Baxter llama «una íntima y viva aplicación»:

Baxter escribe:

«Nos dolería y afligiría el corazón oír la excelente doctrina que algunos ministros tienen en sus manos, mientras sin embargo la dejan morir en sus manos por falta de una íntima y viva aplicación; qué material tan adecuado tienen para convencer a los pecadores, y cuán poco lo aprovechan; cuánto bien podrían hacer si lo aplicaran a la vida, y sin embargo no pueden o no quieren hacerlo».

Padre, estamos verdaderamente agradecidos por el privilegio que tenemos de servir a nuestro glorioso Señor y Rey Jesús. Nos invade un profundo sentido de sobriedad y solemnidad cuando consideramos la suprema y eterna importancia de nuestros esfuerzos por proclamar Tu Palabra. Nos entristece que, tan a menudo, toleremos un descuidado y presuntuoso trato de este tan noble llamado. Perdónanos nuestros pecados en la predicación. Llénanos de nuevo con Tu Espíritu y vigorízanos con una renovada determinación de manejar Tu Palabra como obreros fieles. Ayúdanos a cultivar aquellas habilidades y prácticas que nos permitan progresar en nuestra fidelidad a Ti por el depósito de dones y gracias que Tú, soberanamente, has concedido a cada uno de nosotros. Padre, úsanos para proclamar Tu Palabra en el poder de Tu Espíritu para la gloria de Tu Hijo, nuestro Señor y Salvador, Jesucristo, en cuyo nombre oramos. Amén.

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Albert N. Martin. Teología Pastoral, Vol. 2: El Hombre de Dios, sus labores de predicación y enseñanza.

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