Tú has ordenado tus preceptos, para que los guardemos con diligencia (Sal. 119:4). Acabamos de considerar la bienaventuranza de los cristianos devotos, el tema del Sal....

La predicación no consiste simplemente en explicar un texto bíblico, sino en aplicarlo al corazón y a la vida del pueblo de Dios. El objetivo no es que los oyentes salgan admirando ideas abstractas, sino que respondan a la pregunta: «¿Y ahora qué?». La Palabra debe ser llevada a las circunstancias concretas de la vida para instruir, corregir, consolar y transformar.

Al preparar unas conferencias sobre William Perkins y su teología pastoral, me sumergí en el pensamiento de aquel hombre al que a veces se llama el “padre de los puritanos”. A medida que analizaba la visión de Perkins sobre cómo debía ser un ministro del Evangelio, me sorprendí a mí mismo volviendo una y otra vez, casi sin querer, al ejemplo de Albert N. Martin.

Este es un pecado que, aunque no se pueden ver sus consecuencias a simple vista, como otros pecados tales como la borrachera, la lujuria, la ira y otros más, es igual de dañino (e incluso puede hacer más daño) que otros pecados visibles.

¿Somos todos iguales? ¿Debemos ser todos iguales? Aunque todos amemos y sirvamos a un mismo Señor, ¿debemos ser todos idénticos como robots? Los hombres de Dios del pasado, a quienes Dios tan poderosamente ha utilizado...
Tú has ordenado tus preceptos, para que los guardemos con diligencia (Sal. 119:4). Acabamos de considerar la bienaventuranza de los cristianos devotos, el tema del Sal....
¡Cuán bienaventurados son los de camino perfecto, los que andan en la ley del SEÑOR! ¡Cuán bienaventurados son los que guardan sus testimonios, y con todo...
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