
La predicación no consiste simplemente en explicar un texto bíblico, sino en aplicarlo al corazón y a la vida del pueblo de Dios. El objetivo no es que los oyentes salgan admirando ideas abstractas, sino que respondan a la pregunta: «¿Y ahora qué?». La Palabra debe ser llevada a las circunstancias concretas de la vida para instruir, corregir, consolar y transformar.

Al preparar unas conferencias sobre William Perkins y su teología pastoral, me sumergí en el pensamiento de aquel hombre al que a veces se llama el “padre de los puritanos”. A medida que analizaba la visión de Perkins sobre cómo debía ser un ministro del Evangelio, me sorprendí a mí mismo volviendo una y otra vez, casi sin querer, al ejemplo de Albert N. Martin.

Este es un pecado que, aunque no se pueden ver sus consecuencias a simple vista, como otros pecados tales como la borrachera, la lujuria, la ira y otros más, es igual de dañino (e incluso puede hacer más daño) que otros pecados visibles.

¿Somos todos iguales? ¿Debemos ser todos iguales? Aunque todos amemos y sirvamos a un mismo Señor, ¿debemos ser todos idénticos como robots? Los hombres de Dios del pasado, a quienes Dios tan poderosamente ha utilizado...
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