Cuando Lady Jane Grey subió al patíbulo en una mañana gris de invierno, miró desde allí arriba, con suma calma, a la multitud de espectadores. Luego, reuniendo toda la fuerza que había pedido a Dios que le proporcionara, habló con tal aplomo y convicción que hasta sus ejecutores se sintieron conmovidos.
Tras el breve y acostumbrado reconocimiento de culpa (todos los condenados a muerte tenían que admitir la justicia de su castigo), Jane enfatizó aquello que, para ella, era lo más importante del mundo. «Mi oración es que todos ustedes, buenas personas cristianas —declaró— me den testimonio de que muero como una verdadera cristiana y que no procuro ser salva por ningún otro medio que no sea por la misericordia de Dios y por los méritos de la sangre de Su único Hijo Jesucristo». Confesó algunos pecados pasados, en particular el amor por sí misma y por el mundo, le dio gracias a Dios por Su misericordia, y a continuación pidió oración, pero puso especial cuidado en añadir «mientras sigo viva», señalando así la futilidad de la creencia católica romana de rezar por los muertos.


J.C. Ryle



