¿Quién era Jonathan Edwards?
Era un hijo de Adán por naturaleza.; bisnieto de un hombre inglés (William Edwards) y llevado a los Estados Unidos por su madre y su padrastro británico que, junto con otros santos, buscaban poder adorar a Dios conforme a Su Palabra. Estas personas vivieron en Hartford, Connecticut. Su pastor era Thomas Hooker, un conocido puritano de Nueva Inglaterra. El abuelo de Jonathan (Richard Edwards) nació en Hartford y llegó a ser un próspero hombre de negocios; y, lo que es más, era temeroso de Dios, a pesar de (o, quizás debido a) tener una esposa que sufría de una enfermedad mental. El padre de Jonathan, Timothy Edwards, tenía a su padre en alta estima, pero llegó un momento en que tuvo que testificar contra la infidelidad de su propia madre. Su padre estudió en Harvard, se graduó con buenas notas y, posteriormente, se instaló en el pueblo de East Windsor, Connecticut, donde fue pastor. Timothy se casó con Esther Stoddard, hija de Solomon Stoddard, pastor de Northhampton, Massachusetts, muy conocido en aquel tiempo. Los Stoddard eran de clase social alta, pero sobre todo eran personas que seguían al Señor conforme a la luz que tenían, confiando solo en Él para su justificación y su esperanza de vida eterna.
Una oración para todos Parte III
C.H. Spurgeon
Entonces ella vino y se postro ante Él, diciendo: “¡Señor ayúdame!” (Mateo 15:25).
Nuestro texto relata un caso de verdadera angustia y nos muestra la oración de una mujer en agonía. Quiero hablar especialmente sobre la oración de esta mujer.
Ahora, por algunos minutos, les invito queridos amigos a que ADMIREN CÓMO ESTA MUJER HIZO SUYO EL CASO DE SU HIJA.
Le recomiendo a aquellos que procuran la conversión de otros que sigan su ejemplo. Noten que ella no oró, «Señor, ayuda a mi hija,» sino, «Señor, ayúdame a mí.» Al principio rogó por su hija explicando las circunstancias de su caso; pero a medida que la intensidad y el fervor de su suplica crecía, parecía ya no haber diferencia entre la madre y la hija. La madre absorbió a la hija; el gran corazón de la suplicante parecía abrigar a aquella por la que suplicaba con tanta agonía: «Señor, ayúdame.» ¿Comprendes la idea?
Una oración para todos Parte II
C.H. Spurgeon
Entonces ella vino y se postro ante Él, diciendo: “¡Señor ayúdame!” (Mateo 15:25).
Nuestro texto relata un caso de verdadera angustia y nos muestra la oración de una mujer en agonía. Quiero hablar especialmente sobre la oración de esta mujer.
Ahora, por algunos minutos, les invito queridos amigos a ADMIRAR SU APELACIÓN AL SEÑOR.
«Entonces ella vino y se postró ante Él, diciendo: ‘¡Señor ayúdame!»‘ Esta mujer es admirable, primero, porque se alejó de los discípulos. No puedo evitar sonreír mientras leo lo que los discípulos dijeron: ‘despídela, pues da voces tras nosotros.’ Pobre alma; ella nunca dio voces tras los discípulos pues sabía que había algo mejor que eso. La razón por la que los discípulos pensaron que ella dirigía su clamor a ellos es que se creían muy importantes. Si la mujer hubiese dado voces tras ellos, sus miradas sombrías la hubieran hecho detenerse pronto. Pero ella no cometió tal error. «¡Oh no!» parecía decir, «no es a ustedes a quien yo clamo, pues ni Pedro, ni Santiago, ni Juan pueden darme la ayuda que necesito.»
Una oración para todos Parte I
C.H. Spurgeon
Entonces ella vino y se postro ante Él, diciendo: “¡Señor ayúdame!” (Mateo 15:25).
Nuestro texto relata un caso de verdadera angustia y nos muestra la oración de una mujer en agonía. Quiero hablar especialmente sobre la oración de esta mujer.
Primero, ADMIREMOS LA IMPORTUNIDAD DE ESTA MUJER.
Me atrevo a decir, aunque estoy hablando a una congregación numerosa, que nadie entre nosotros ha experimentado un rechazo o dificultad similares a las de esta mujer. Puede haber más de alguno que tenga derecho a levantarse y decir, «¡Ah, Señor! Usted no conoce mi experiencia; mi llegada a Cristo fue muy difícil.» Ciertamente no conozco tu experiencia mi querido amigo, pero sí estoy seguro que tu experiencia no es comparable a la de esta mujer, porque en su venida a Cristo ella tuvo que superar dificultades más grandes que las que tú puedas imaginar, aunque estés a punto de desesperar por los obstáculos en tu camino. Esta pobre mujer tuvo que superar tres dificultades especiales.
El verdadero amor cristiano
Arthur Pink
El amor es la reina de las virtudes del cristiano. Es una santa disposición que se nos da cuando Dios nos concede un nuevo nacimiento. Es el amor de Dios derramado en nuestro corazón por el Espíritu Santo. El verdadero amor espiritual se caracteriza por la humildad y la bondad, aun siendo inmensamente superior a todas las cortesías y bondades de la carne.
Se acerca algo mortal – El aborto postparto
El debate sobre el aborto se reduce a una cuestión fundamental: el estatus moral del niño que no ha nacido. Quienes argumentan a favor de la legalización del aborto alegan que el feto, que se está desarrollando, carece de estatus moral que pudiera prevalecer sobre el deseo de la mujer de abortar a la criatura. Los que se pronuncian en contra del aborto lo hacen esgrimiendo la afirmación contraria: el niño no nacido es un ser humano en desarrollo y posee un estatus moral por el simple hecho de su existencia humana; esto debería bastar para vencer cualquier base lógica que se pueda ofrecer para su destrucción voluntaria.
¿Qué más da que un aborto acabe con una vida?Una franqueza poco usual en la cultura de la muerte
¿Es el bebé no nacido “una vida que vale la pena sacrificar”? La sola pregunta resulta horripilante, pero el argumento es más que real. En un reciente artículo, Mary Elizabeth Williams de Salon.com admitió lo que el movimiento pro-vida ha venido sosteniendo durante todo el tiempo: que desde el momento de la concepción, el niño no nacido es innegablemente una vida humana. A pesar de todo, Williams argumenta que esta vida humana no nacida debe concluir si una mujer desea el aborto. El niño es una vida, pero, según su grotesca opinión, “una vida que vale la pena sacrificar”.
Una vida de piedad vital es la condición previa indispensable de toda eficacia ministerial
Al considerar la cantidad de tiempo que atribuimos a las distintas facetas de la obra ministerial presupongo la primacía de la predicación entre los deberes públicos del ministerio. Como veremos, se trata de deberes privados y públicos a la vez, que están relacionados con el oficio de un anciano apartado para trabajar en la palabra y en la doctrina. Sin embargo, entre sus ministerios y responsabilidades públicas como orientar al afligido, supervisar, visitar a los enfermos, evangelizar, ninguno es tan vital como el tiempo establecido para la predicación y la enseñanza públicas. Esto es así por una simple razón: estos dos ministerios son, en la sabiduría y el propósito de Dios, los medios primordiales que Él ordenó para reunir a sus elegidos y edificar a su pueblo. De todos es conocida la convicción que Pablo tiene sobre esto: «… agradó a Dios, mediante la necedad de la predicación…» (1 Corintios 1:21). Aquí se utiliza la palabra griega kerugma, lo que se predica, lo que se comunica en calidad de heraldo en nombre del Rey. Dios ha ordenado que sea este medio el que traiga su gracia salvífica a los hombres.
La mujer prudente viene del Señor
George Lawson
Casa y riqueza son herencia de los padres, pero la mujer prudente viene del SEÑOR (Proverbios 19:14).
Las casas y las tierras son don de Dios, pero Él nos las da por medio de nuestros padres o progenitores, que las adquirieron con esfuerzo. La Providencia resplandece más notablemente al otorgar buenas esposas a los hombres, porque estas no pueden venir por herencia; y nadie puede saber de antemano qué esposa le va a tocar en suerte a un determinado hombre.
En la esposa, la prudencia no solo incluye su habilidad en el gobierno de los asuntos domésticos, sino también el buen sentido que la convierte en una compañera agradable y la mueve a comportarse de tal forma que haga feliz a su marido en la relación. Si a estas cualidades se añade la piedad, la mujer resulta una bendición mucho más grande que cualquiera de las posesiones que los padres puedan legarnos.
La primacía de la predicación entre los deberes públicos del ministerio
Albert N. Martin
Al considerar la cantidad de tiempo que atribuimos a las distintas facetas de la obra ministerial presupongo la primacía de la predicación entre los deberes públicos del ministerio.
Leer más

