Jorge E. Castañeda D. Uno de los textos más singulares que podemos encontrar y que nos evidencian el sumo cuidado con el que los creyentes deberíamos andar en el contexto de la iglesia es 1 Timoteo 3:15: «para que si tardo, sepas cómo debes conducirte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad». Este maravilloso texto nos indica que la Iglesia tiene un Dueño, es la casa del único Dios que existe y vive. Además, que esta iglesia del Dios vivo, es la estructura singular, única y central en los propósitos de Dios encargada de recibir, asimilar, retener, salvaguardar, expresar y anunciar la verdad, verdad que nos fue dada como un depósito y que por el Espíritu Santo hemos de celar (2 Tim.2:13-14). Entonces, la iglesia no es nuestra, nosotros los creyentes solo participamos como convidados por gracia, pero no participamos de la estructura de gobierno de ella. La pureza de las iglesias está íntimamente ligada al hecho de ser fieles “al modelo que les ha sido mostrado” en el monte de la palabra de Dios, y su impureza, en cambio, está relacionada con la edificación de ella con los materiales de la prudencia humana, la sabiduría de los hombres, de las conveniencias y hasta del pragmatismo. Si esto se ha hecho evidente es, en efecto, en los días de la llamada pandemia, donde las iglesias en su intento de estar a la altura de las demandas actuales, han echado a andar varias estrategias pragmáticas con serios vacíos Escriturales, cuando no, modificando doctrinas, redefiniendo términos, corrigiendo y acomodando, por medio de la semántica, conceptos inalienables de lo que es una iglesia y sus tareas específicas en los propósitos divinos. Recordemos que la iglesia al ser «del Dios viviente», nos impide que hagamos de ella y con ella lo que bien nos parece, aun cuando nazca de la buena intención. En las variadas maneras en las que las iglesias han intentado estabilizar la barca en estos tiempos dificultosos, han empezado a relucir algunos conceptos que si bien, algún grado de verdad llevan, y sin duda, muy buenas intenciones, se quedan cortas en expresar de manera bíblica la doctrina de la iglesia, cuando no, conllevan una contradicción de lo que ella es, insistimos, en términos bíblicos. Déjeme plantearle las tres que vemos más peligrosas: “Las iglesias no han cerrado porque la iglesia somos nosotros”, “Ahora Dios tiene una iglesia en cada familia”, “Cultos online”. Empecemos: “LAS IGLESIAS NO HAN CERRADO PORQUE LA IGLESIA SOMOS NOSOTROS” Si hay algo que reconocer en esta frase, es el intento de resaltar que la estructura de la iglesia supera el hecho de estar reunidos. La iglesia en su aspecto invisible y/o universal implica que existe fuera de las estructuras locales, aunque se expresa en ellas, de manera que la iglesia de Cristo sigue existiendo aun por fuera de sus reuniones. Esto pone sobre la conciencia de los creyentes una solemne responsabilidad de andar siempre de acuerdo a la iglesia, de actuar en nombre de la iglesia y de trabajar por su conformación, aun cuando ella no esté reunida. Sin embargo, esta frase yerra en desconocer que la iglesia, que en su aspecto universal es invisible, también tiene un aspecto local que es visible. Así lo entendieron los redactores de nuestra Confesión de fe al tratar la invisibilidad de la iglesia en su aspecto universal y su visibilidad en su aspecto local. El punto es que las iglesias locales, que son la representación concreta de la iglesia universal, requieren de sus reuniones presenciales, es más, iglesias locales que no se reúnen semanalmente como algo continuo son una realidad bastante extraña, como hemos señalado, tal como una asamblea que no se reúne, una reunión que no se junta y cosas así. El concepto mismo de iglesia local, donde hay miembros visibles y donde la adoración goza de ser corporativa, es un asunto que no podemos sacrificar a nombre de la pandemia. Las expresiones de 1 Corintios 11:17-18: «porque no os congregáis para lo mejor […] cuando os reunís como iglesia», dan por sentado que la iglesia se reúne, se congrega, que hay asuntos que como creyentes individuales pueden hacer en casa, pero que no aplican cuando «toda la iglesia se reúne en un solo lugar» (1 Cor.14:23). Esta expresión “Las iglesias no han cerrado porque la iglesia somos nosotros”, parece confundir lo que es la iglesia con lo que son los edificios de reunión, o al menos es ambigua en distinguirlos. Por supuesto que un edificio cerrado no implica una iglesia sin funcionamiento, pero una iglesia sin congregarse sí implica una cesación de una de sus tareas fundamentales y que la Palabra de Dios da por hecho. No puede ser que las “santas convocaciones” del Antiguo Pacto gocen de mayor precisión que las del Nuevo. De hecho, es todo lo contrario, pues sabemos que la vida cristiana se desarrollaba en una fuerte dinámica de congregarse como puede confirmar en Hechos 2:42 y 46; 11:26; 15:30; 1 Corintios 14:34-35; Hebreos 10:25; Santiago 2:2, que haría bien en repasar. Además, esta expresión ambigua, señala que la iglesia somos cada uno de nosotros en particular, asunto que la Biblia no señala jamás. Más bien, la precisión bíblica es tal que afirma que los creyentes somos, en los términos de 1 Corintios 12:27: «el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular». Como notará, un asunto distinto es ser miembros de la iglesia, aun cuando esta no esté reunida, y ser cada uno en particular la iglesia, concepto que no es preciso bíblicamente hablando. Estas expresiones solidarias, que se usan coloquialmente para exacerbar el ánimo patriótico, no aplican a la iglesia en su expresión visible. Fuera de las reuniones seguimos perteneciendo a la iglesia, seguimos siendo miembros, pero decir que cada miembro es la iglesia por aparte es el equivalente a decir que un solo jugador es el equipo, que un solo soldado es el batallón. La iglesia en su