Es necesario en nuestros tiempos endurecidos y apóstatas que la Iglesia sea llamada a un retorno a la doctrina neo-testamentaria de la disciplina eclesiástica. En nuestros días, la Iglesia ha llegado a ser tolerante en cuanto al pecado aun cuando se encuentre en medio de ella. Esto acarrea la ira de Dios sobre la indiferencia de la Iglesia en cuanto a su santidad. La Iglesia moderna parece más dispuesta pasar por alto el pecado que a denunciarlo, y más dispuesta a comprometer la Ley de Dios que a proclamarla. Es un hecho lamentable que muchas iglesias rehúsen tomar en serio el pecado. No tenemos ningún derecho a dialogar sobre el pecado. Esa fue la equivocación de Eva. Las sugerencias del tentador deberían haber sido reprendidas oportunamente; pero, en vez, fueron discutidas (Gen 3:1–5). Esa discusión significó compromiso y pecado. La Iglesia no puede permanecer firme ante sus enemigos mientras pasa por alto el pecado en sus propias filas (cf. Josué 7:1–26).