En Europa, en el siglo XVIII, en los años de la esclavitud, dos jóvenes cristianos moravos, movidos por su amor a Cristo y su compasión por las almas, comprendieron lo que significa ser «siervos» (esclavos) de Cristo. Tenían sus vidas, sus planes, su juventud y sus años por delante; pero algo más glorioso capturó sus corazones: la gloria de Dios y del Cordero.
La autoridad bíblica
En el volumen 2 de la Teología sistemática reformada de Joel Beeke y Paul Smalley dice: «La autoridad de Dios o el derecho de gobernar surge, lógicamente, del hecho de que Él hizo todas las cosas y, por lo tanto, es el dueño de ellas”. Esa afirmación es digna de una meditación permanente. ¿No es asombroso que algo tan profundo, tan inmenso, tan incomprensible para las mentes humanas caídas, pueda decirse con tanta sencillez? Dios tiene el poder de crear todas las cosas; Él usó su poder para crear todas las cosas; Él es dueño de todas las cosas; por lo tanto, Él tiene el derecho de gobernar todas las cosas—eso significa todo lo que existe, ahora y para siempre—. Este Creador todopoderoso declara: “Yo soy Dios, y no hay más” (Is. 45:22). No existen otros dioses. Por lo tanto, no hay competencia por el derecho a gobernar. No existe poder mayor que pueda derribarlo de su Trono. Toda autoridad es suya.
El conocimiento de Dios
Mientras mayor sea nuestro conocimiento de Dios, más temible y adorable Él será para nuestras almas. Si el conocimiento que Dios revela de Sí mismo en la creación, en Su providencia y especialmente en Su Palabra, no continúa creciendo, el alma no tendrá la luz que necesita para su crecimiento espiritual, santificación, guía y, sobre todo, para poder servir y glorificar a Dios.
No nos cansemos de hacer bien I
Hacer bien suele traer cansancio al creyente, porque, en este mundo caído, la tierra da espinos y cardos en vez de buenos frutos. En el ámbito espiritual, la frustración de hacer el bien, y no ver pronto resultados positivos, suele ocasionar cansancio o desánimo, y muchas dudas surgen en la mente del creyente: muchos están tomando nuevos caminos y nosotros no ¿estaremos haciendo bien? Si predicamos la verdad, ¿por qué son pocos los que la siguen? ¿Realmente estará Dios con nosotros? ¿Estaremos trabajando en vano? ¿Y si probamos un poco de aquí y un poco de allá? Tal vez el evangelio predicado a la antigua funcionaba en otros tiempos… ¿Y si probamos algo que sea más acorde a nuestra cultura?
Institución de la religión cristiana
Sería vano y de ningún provecho hacer a Dios Creador por un poco de tiempo, como si de una vez para siempre hubiera terminado su obra. Y es necesario que nos diferenciemos de los paganos y de los que no tienen religión alguna, principalmente en considerar la potencia de Dios no menos presente en el curso perpetuo y en el estado del mundo, que en su primer origen y principio. Pues, aunque el entendimiento de los impíos se ve forzado a elevarse a su Creador solamente por el hecho de contemplar el cielo y la tierra, sin embargo la fe tiene una manera particular de ver, en virtud de la cual atribuye a Dios la gloria de ser creador de todo. Es lo que quiere decir el texto ya citado del Apóstol, que sólo por la fe entendemos que ha sido constituido el. universo por la palabra de Dios (Heb. 11,3), porque si no penetramos hasta su providencia, no podremos entender qué quiere decir que Dios es Creador, por más que nos parezca comprenderlo con la inteligencia y lo confesemos de palabra. El pensamiento natural, después de considerar en la creación la potencia de Dios, se para allí; y cuando más penetra, no pasa de considerar y advertir la sabiduría, potencia y bondad del Creador, que se muestran a la vista en la obra del mundo, aunque no queramos verlo; después concibe una especie de operación general en Dios para conservarlo y mantenerlo todo en pie, y de la cual depende la fuerza del movimiento; finalmente, piensa que la fuerza que Dios les dio al principio en su creación primera basta para conservar todas las cosas en su ser.
Reporte del ministerio en Haití
Recientemente un periódico publicó la siguiente noticia: “El fin de semana, las pandillas atacaron dos penales y provocaron la fuga de más de 3,700 reclusos. Las fuerzas de seguridad han sido desbordadas por las pandillas, que han tomado el control de zonas enteras del país, incluido Puerto Príncipe”.
Recientemente un periódico publicó la siguiente noticia: “El fin de semana, las pandillas atacaron dos penales y provocaron la fuga de más de 3,700 reclusos. Las fuerzas de seguridad han sido desbordadas por las pandillas, que han tomado el control de zonas enteras del país, incluido Puerto Príncipe”.
El amor de Cristo nos apremia
«Pues el amor de Cristo nos apremia, habiendo llegado a esta conclusión: que uno murió por todos, por consiguiente, todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» (2 Corintios 5:14-15).
El significado y la aplicación correcta del Salmo 23
El Salmo 23 «Es la perla de los salmos, cuyo fulgor puro y suave deleita los ojos; una perla de la que el helicón puede sentirse orgulloso, pero el Jordán la reclama. Se puede afirmar de este canto deleitoso, que si bien su piedad y su poesía son equivalentes, su dulzor y su espiritualidad son insuperables» (C.H. Spurgeon).
Un nuevo aprecio del pasado
El día que Martín Lutero publicó sus 95 tésis desde la iglesia del Castillo de Wittenberg, resplandecía el amanecer de un nuevo día para la Iglesia del Señor Jesucristo. La Iglesia necesitaba urgentemente una Reforma bíblica y cabal.
El peligro de la ignorancia
«El Señor es mi pastor, nada me faltará. En lugares de verdes pastos me hace descansar; junto a aguas de reposo me conduce. Él restaura mi alma; me guía por senderos de justicia por amor de su nombre. Aunque pase por el valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo; tu vara y tu cayado me infunden aliento. Tú preparas mesa delante de mí en presencia de mis enemigos; has ungido mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando. Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa del Señor moraré por largos días» (Salmo 23:1-6).