El deseo de una persona santa es ser limpiada, no sólo de los pecados públicos, sino también de los pecados privados y ocultos. “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará?” (Ro. 7:24), dijo Pablo. ¡Oh bendito Apóstol! ¿Qué es lo que te aprisiona? ¿Qué es lo que te perturba? Tu vida, dices, era irreprensible antes de tu conversión y después de tu conversión (Fil. 3:4-7). Has procurado tener siempre una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres (Hch. 24:16). Sin embargo, clamas: “¡Oh miserable de mí!”. No obstante, te quejas: “¿Quién me librará?”. En verdad hermanos, no era un pecado público, sino uno dentro de casa. No era el pecado externo, sino —en este momento— el pecado interno. No era el pecado de Pablo contra otro hombre, sino el pecado de Pablo contra Pablo. Era esa “ley de sus miembros” peleando, secretamente, dentro de él contra “la ley de su mente” (Ro. 7:23). Esto hizo que aquel hombre santo clamara tanto, que se quejara tanto. Así como Rebeca estaba fastidiada de su vida —como leemos, no por inquietudes ajenas1, sino por problemas domésticos: las hijas de Het dentro de la casa le fastidiaban la vida (Gn. 27:46)— así, el nacimiento privado y secreto de la corrupción dentro de Pablo… era la causa de su problema. Ese era el motivo de sus exclamaciones y deseos: “¿Quién me librará?”.
Una resonancia magnética del corazón
En Proverbios 4:23, Salomón le advierte a su hijo: «Con toda diligencia guarda tu corazón, porque de él brotan los manantiales de la vida», y sigue administrando avisos respecto a la boca, los ojos y los pies (vv. 24-27), pero es el corazón lo que se debe guardar por encima de todo lo demás. ¿Por qué?
El necio y la sabiduría
¿Quien es el necio?
Observemos que este versículo usa el medio proverbial que se caracteriza por marcar un contraste entre la primera y la segunda parte del versículo.
Los preciosos y significativos cultos de oración semanal
Jamás se diría mucho de lo que es y significa para una iglesia bíblica tener al menos una reunión de oración semanal. Existen iglesias que han podido andar y desarrollar su ministerio sin una de ellas porque prefieren hacer todo en “espíritu de oración” que tener un culto formal de oración. Para otras, el asunto de la reunión de oración se volvió un tema incómodo, estresante, inconveniente, pues tocar el tema hace que muchos anden con sentido de culpa por su omisión, porque se pone de manifiesto el verdadero estado espiritual de una iglesia o porque no se pueden forzar las cosas en un mundo tan ocupado como el nuestro.
El conocimiento de Dios y el de nosotros
Casi toda la suma de nuestra sabiduría, que de veras se deba tener por verdadera y sólida sabiduría, consiste en dos puntos: a saber, en el conocimiento que el hombre debe tener de Dios, y en el conocimiento que debe tener de sí mismo.
El Señor da sabiduría
No es suficiente que hagamos caso a los decretos de Dios y que leamos un capítulo o dos de la Biblia en nuestros hogares diariamente. Se nos exige que recibamos las palabras de sabiduría, que las guardemos en nuestros corazones, y que inclinemos nuestras almas a ellas.
Los amigos son un don de Dios
La importancia de la amistad en la vida cristiana todavía era un tema importante en el siglo XVIII. Esther Edwards Burr, citada anteriormente, declaró inequívocamente: “Nada es más refrescante para el alma (salvo la comunión con Dios mismo), que la compañía y sociedad de un amigo”.20 Esposa de un ocupado presidente de instituto (Aaron Burr Sr. [1716- 1757], el segundo presidente del Instituto de Nueva Jersey, que posteriormente sería la Universidad de Princeton) y madre de dos niños pequeños, Esther buscó con empeño conocer la presencia de Dios en el ajetreo de su vida diaria. Al hacerlo, llegó a apreciar que los amigos eran un don divino. Escribiendo en su diario de 23 de enero, 1756, dice que estaba convencida de que es una “gran gracia que tengamos algunos amigos. ¿Qué sería el mundo sin ellos? Una persona que escoge estar sin amigos debe ser la criatura más miserable de esta vida; esto es la vida de la vida”.21 Para Esther, los amigos cristianos eran una de las mayores fuentes de felicidad de este mundo. ¿Por qué tenía ella tan alta estima de la amistad? Seguramente porque conocía que los amigos cristianos y la conversación con ellos era vital para el crecimiento espiritual.
La comprensión de la amistad en Pablo
Uno de los ejemplos más instructivos de amistad en la Biblia es el de Pablo y Timoteo. Un estereotipo común acerca de Pablo es que él era un evangelista tipo “Llanero Solitario”, que prefería trabajar por sí mismo. De hecho, en la narración del Nuevo Testamento acerca de su vida y ministerio, raramente se encuentra a Pablo sin amigos y compañeros. Él “se deleitaba en la compañía de sus amigos”.5 Y de todos sus compañeros, el más querido parece haber sido Timoteo. Aunque era aproximadamente veinte años menor que Pablo, Timoteo llegó a ser el amigo más íntimo del apóstol.
El alma del pastor: El llamamiento y el cuidado de un pastor
«El alma del ministro es el alma de su ministerio». No recuerdo dónde escuché este refrán por primera vez, pero desde entonces nunca he podido olvidarlo. Y, al haber leído este libro, nunca quisiera olvidarlo. En estas páginas, Jim Savastio y Brian Croft establecen el fundamento de todo ministerio fiel y fructífero: el alma del pastor. Pero, aunque su objetivo principal es abordar la epidemia de la hiperactividad ministerial y el agotamiento, así como el desvío espiritual y el abatimiento que la acompañan, evitan cuidadosamente exagerar e irse a los extremos opuestos del ascetismo monástico o la autocomplacencia perezosa. En cambio, tienes en tus manos un libro que recorre con destreza un camino bíblico y equilibrado, tanto en contenido como en estilo.
Glorifica a Dios en todo momento
Si deseamos hacer algo para la gloria de Dios, ponemos en ello todo lo que tenemos; no lo hacemos con desgana. El cristiano se esfuerza al máximo y disfruta al máximo. No hace su trabajo con poco entusiasmo, sino que da lo mejor de sí mismo; y a Dios le agrada tal esfuerzo.