Noble Vater Estudio basado casi exclusivamente en la autobiografía que Dagg preparó para sus hijos y nietos. En el año 1879, la Convención Bautista del Sur de los EE.UU. adoptó una resolución: «que se haga un catecismo que contenga la sustancia de la religión cristiana para la instrucción de los hijos y los criados, y que se le solicite al hermano John L. Dagg su elaboración». Quizá a unos bautistas modernos y a otros evangélicos les pueda parecer raro que los bautistas propusieran la preparación y el uso de un catecismo para instruir a los hijos y a los criados. Pero, en realidad, muchos bautistas, durante muchos años y en muchos lugares habían usado catecismos para la instrucción. Benjamin Keach, de Inglaterra, confeccionó uno que llegó a ser muy popular. En los EE.UU existía uno entre los bautistas del sur que publicó la asociación de Charleston, SC, en 1813, y que utilizaron muchas iglesias en todos los EE.UU. Había el debido interés en la educación religiosa. Nuestros antepasados espirituales veían la necesidad y el provecho del uso de catecismos. Por tanto, la Convención no estaba proponiendo algo nuevo y novedoso entre los bautistas, sino que pedía la preparación de otro catecismo, y quería que John L. Dagg hiciera el trabajo. Es evidente que era un hombre al que tenían en alta estima. Ahora bien, ¿quién era John L. Dagg? ¿Qué clase de hombre era aquel que gozaba de la confianza de tantas iglesias y recibió tal honor? ¿Por qué lo nombraron? ¿Cuáles eran sus cualificaciones? La sorpresa aumenta cuando descubrimos que, en aquella época, el Sr. Dagg ya tenía ochenta y cinco años y era ciego. Merece la pena aprender más sobre este siervo del Señor tan destacado entre los bautistas del sur de los EE.UU. John Leadley Dagg nació en el año 1794, en el estado de Virginia. Su padre fabricaba sillas para caballos, y su taller también se utilizó para la venta de libros y la distribución de cartas de los correos de aquellos días. Su madre era hija de un agricultor y albañil. Sus padres se habían criado en cierto ambiente religioso y ambos eran presbiterianos de nombre, pero no se habían convertidos al Señor de verdad. Cuando su hijo, John (Juan, como le vamos a llamar) tenía como ocho u diez años, hubo un tiempo de avivamiento y se convirtieron. Al convertirse, se hicieron bautistas. Los padres trataron de dar a Juan una educación. Las matemáticas le encantaban y siempre fue excelente en esa materia. Sin embargo, sus estudios se vieron interrumpidos por la muerte de su madre cuando tenía casi doce años. Su padre tenía otros hijos menores que cuidar y puso a Juan a ayudar en su taller para poderles dar una oportunidad a los menores. Sin embargo, algunos parientes y amigos reconocieron las habilidades de Juan y querían que siguiera adelante con una educación clásica. Hicieron los arreglos oportunos para que estudiara latín, pero debido a su atracción por las matemáticas, no prestaba la atención necesaria para ser un buen estudiante del latín. Como no avanzaba como esperaban su tutor y quien sufragaba las clases, tuvo que dejar la escuela y volver a trabajar en el taller de su padre. Parece ser que Juan no tenía mucha habilidad en hacer sillas para caballos. O quizá no tenía más interés en hacer sillas y otras cosas de cuero del que había tenido con el “hic, hac, hoc” del latín, como dice en su autobiografía. Poco antes de cumplir los catorce, con el permiso de su padre, comenzó a trabajar en una tienda, ayudando con las ventas y llevando las cuentas de la tienda. Vivió donde trabajaba y la naturaleza de su tarea le dejaba algún tiempo libre. Consiguió un libro de algebra según sus gustos y dominó esta materia; pero, algo mucho más importante comenzó a ocupar sus pensamientos. Juan había pensado antes sobre Dios y en su relación con Él, especialmente en el tiempo en que sus padres fueron bautizados como creyentes. Luego, por razones que solo Dios conoce, su inquietud aumentaba. Vio que el pecado tiende a quitar a Dios del trono y, por ello hay tanta culpa en el pecado. En casa de su padre había leído el libro de Baxter, A Call to the Unconverted (Un llamamiento a los no convertidos) y el libro de Bunyan, The Heavenly Footman1 (El corredor celestial), pero no había obtenido alivio. Ahora, viviendo fuera del hogar, en una casa ajena, se sentía aún más infeliz e inquieto en su alma, porque tenía conocimiento de su condición pecadora y de su gran necesidad. Juan trabajó un año en la tienda. Después, con la educación que ya había adquirido, le pidieron que se encargara de una pequeña escuela. Así que, una vez consultado con su padre y con la bendición de este, empezó a enseñar cuando aún le faltaban dos meses para cumplir los quince años. Tuvo que hospedarse en una casa cerca de su lugar de trabajo. Los dueños del hogar donde se hospedaba eran cristianos fieles. Allí encontró dos libros interesantes y provechosos, uno de ellos era de Thomas Boston, Human Nature In Its Fourfold State (La naturaleza humana en su estado cuádruple: un libro que trata del hombre, cómo fue creado y cómo era antes de pecar; luego describe al hombre caído; después, al hombre como nueva criatura en Cristo; y, finalmente, el hombre glorificado). Leyó este libro con diligencia y oró a Dios pidiendo gracia y misericordia, y que lo hiciera un hombre nuevo delante de Él. La víspera de cumplir los quince años estaba meditando sobre el versículo, Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados (Mateo 5:6). Por primera vez, sintió algo de esperanza. Al día siguiente, al encaminarse a la escuela oró al Señor pidiendo que, como ese día se cumplían quince años de su nacimiento biológico, le hiciera nacer de nuevo ese mismo día. Trabajó toda la jornada impartiendo instrucción y llegó