[2] En segundo lugar, considera que los pecados secretos serán revelados. Las obras más ocultas de las tinieblas, se manifestarán abiertamente. Aunque las acciones del pecado estén en la oscuridad, los juicios del pecado estarán en la luz. “Porque nada hay oculto, que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de ser conocido, y de salir a luz” (Lc. 8:17)… “Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala” (Ec. 12:14). Nota que no dice alguna obra, sino toda obra; y no sólo las obras, sino los secretos; y no sólo los secretos, sino todo secreto; y no sólo las cosas buenas secretas, sino también las malas. Sean buenas o malas obras, sean secretas o manifiestas, todas han de ser juzgadas. Entonces, serán abiertos los libros de la omnisciencia de Dios y de la conciencia del hombre. Entonces, los pecados secretos serán tan legibles en tu frente como si estuvieran escritos con los más resplandecientes rayos del sol sobre una pared de cristal.
Los pecados secretos estorban la oración secreta I
No hay mayor estorbo para la oración secreta en todo el mundo que los pecados secretos. Por lo tanto, estén alerta y ármense con todas sus fuerzas contra ellos. Hay una antipatía1 entre pecar en secreto y orar en secreto, en parte por la culpa, que hace que el alma rehúya ponerse bajo el ojo secreto de Dios; y en parte por esos temores, dudas, disputas y desórdenes que los pecados secretos suscitan en el corazón. No es más opuesta la luz a las tinieblas, Cristo a Belial o el cielo al infierno, que la oración secreta a los pecados secretos. Por lo tanto, hagas lo que hagas, procura mantenerte libre de los pecados secretos. Para ello, considera…
El adversario
Si nos preocupamos de la gloria de Dios, como es justo que hagamos, debemos emplear todas nuestras fuerzas en resistir a aquel que procura extinguirla. Si tenemos interés, como debemos, en mantener el Reino de Cristo, es necesario que mantengamos una guerra continua contra quien lo pretende arruinar. Asimismo, si nos preocupamos de nuestra salvación, no debemos tener paz ni hacer treguas con aquel que de continuo está acechando para destruirla.
Resistid al Diablo
Todo cuanto la Escritura nos enseña de los diablos viene a parar a esto: que tengamos cuidado para guardarnos de sus astucias y maquinaciones, y para que nos armemos con armas tales que basten para hacer huir a enemigos tan poderosísimos. Porque cuando Satanás es llamado dios y príncipe de este siglo y fuerte armado, espíritu que tiene poder en el aire y león que brama, todas estas descripciones no nos quieren dar a entender sino que seamos cautos y diligentes en velar, y nos aprestemos a combatir; lo cual a veces se dice con palabras bien claras. Porque san Pedro, después de afirmar que el Diablo anda dando vueltas como un león que brama, buscando a quien devorar, luego añade esta exhortación: que le resistamos fuertemente con la fe (I Pe. 5:9).
Ver con lentes de las Escrituras
Tengamos presente que aquel Dios invisible, cuya sabiduría, virtud y justicia son incomprensibles, pone ante nuestros ojos, como un espejo, la historia de Moisés, en la cual se refleja claramente Su imagen. Porque así como los ojos, sea agravados por la vejez, sea entorpecidos con otro obstáculo o enfermedad cualquiera, no son capaces de ver clara y distintamente las cosas sin ayuda de lentes, de la misma manera nuestra debilidad es tanta, que si la Escritura no nos pone en el recto camino del conocimiento de Dios, al momento nos extraviamos. Mas los que se toman la licencia de hablar sin pudor ni reparo alguno, por el hecho de que en este mundo no son amonestados, sentirán demasiado tarde, en su horrible castigo, cuánto mejor les hubiera sido adorar con toda reverencia los secretos designios de Dios, que andar profiriendo blasfemias para oscurecer el cielo.
La insensatez, la miseria, la culpa y el peligro de los pecados ocultos
Me dirijo a cierta clase de hombres que tienen pecados no desconocidos para sí mismos, pero secretos para sus semejantes. De vez en cuando, levantamos una hermosa piedra que yace sobre el verde césped de la Iglesia profesante, rodeada del verdor1 de la aparente bondad y para nuestro asombro, encontramos debajo de ella, toda clase de insectos inmundos y repugnantes reptiles.
El que ama el placer será pobre
¿Entonces tenemos que renunciar al placer y todas las satisfacciones terrenales? ¿Quién va a entrar en los caminos de la Sabiduría si se pone esta condición? No hay que renunciar al placer de forma absoluta. El hombre que es verdaderamente religioso halla más placer, aun en sus diversiones terrenales, que el sensualista más feliz; pero no tenemos que amar el placer como si fuera la fuente de nuestra felicidad. Debemos entregar nuestros corazones a Dios y no permitir que nada terrenal usurpe su lugar en el trono de nuestras almas.
Un examen de los pecados ocultos II
Los pecados ocultos son los que más nos engañan: Por tanto, límpialos. Hay engaño en todos los pecados: El alma es engañada por el pecado siempre que peca. ¡Pero los pecados ocultos son los que más nos engañan! Son los que más fácil prevalecen entre nosotros
Un examen de los pecados ocultos I
El deseo de una persona santa es ser limpiada, no sólo de los pecados públicos, sino también de los pecados privados y ocultos. “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará?” (Ro. 7:24), dijo Pablo. ¡Oh bendito Apóstol! ¿Qué es lo que te aprisiona? ¿Qué es lo que te perturba? Tu vida, dices, era irreprensible antes de tu conversión y después de tu conversión (Fil. 3:4-7). Has procurado tener siempre una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres (Hch. 24:16). Sin embargo, clamas: “¡Oh miserable de mí!”. No obstante, te quejas: “¿Quién me librará?”. En verdad hermanos, no era un pecado público, sino uno dentro de casa. No era el pecado externo, sino —en este momento— el pecado interno. No era el pecado de Pablo contra otro hombre, sino el pecado de Pablo contra Pablo. Era esa “ley de sus miembros” peleando, secretamente, dentro de él contra “la ley de su mente” (Ro. 7:23). Esto hizo que aquel hombre santo clamara tanto, que se quejara tanto. Así como Rebeca estaba fastidiada de su vida —como leemos, no por inquietudes ajenas1, sino por problemas domésticos: las hijas de Het dentro de la casa le fastidiaban la vida (Gn. 27:46)— así, el nacimiento privado y secreto de la corrupción dentro de Pablo… era la causa de su problema. Ese era el motivo de sus exclamaciones y deseos: “¿Quién me librará?”.
Una resonancia magnética del corazón
En Proverbios 4:23, Salomón le advierte a su hijo: «Con toda diligencia guarda tu corazón, porque de él brotan los manantiales de la vida», y sigue administrando avisos respecto a la boca, los ojos y los pies (vv. 24-27), pero es el corazón lo que se debe guardar por encima de todo lo demás. ¿Por qué?