Aparta mis ojos de mirar la vanidad,
Y vivifícame en tus caminos (Sal. 119:37).
La idolatría es el problema; la vivificación es la respuesta. Esta inspirada petición descansa sobre esa presuposición y la confirma.
Aparta mis ojos de mirar la vanidad,
Y vivifícame en tus caminos (Sal. 119:37).
La idolatría es el problema; la vivificación es la respuesta. Esta inspirada petición descansa sobre esa presuposición y la confirma.
Inclina mi corazón a tus testimonios
Y no a la ganancia deshonesta (Sal. 119:36).
Se dé usted cuenta o no, su corazón se halla por completo en las manos de Dios y, por decirlo de algún modo, Él hace con él lo que le plazca. Esto es cierto con respecto a todo el mundo, ya sea que se conviertan en objeto de su misericordia o de su ira y, con todo, esto no destruye ni en lo más mínimo nuestra responsabilidad moral.
Esta confesión de la absoluta soberanía de Dios, incluso sobre el estado moral y las acciones de todas las personas, queda implícito en la oración del salmista. El reconocimiento de la soberanía absoluta de Dios tiene las implicaciones más prácticas en lo que le pedimos a Dios para nosotros mismos.
Deberíamos orar y pedir estar inclinados hacia Dios.
Hazme andar por la senda de tus mandamientos,
porque en ella me deleito (Sal. 119:35).
Quiero tener un reconocimiento inmediato para A.W. Pink por el impresionante título de nuestra meditación1 que centra nuestra atención en el hecho de que:
Hasta los verdaderos santos necesitan la gracia irresistible
UNA PRUEBA DE SANTIDAD
Consideremos la primera línea del versículo en primer lugar: “porque en ella me deleito”, es decir no solo “tus mandamientos” sino “la senda de tus mandamientos”, ese piadoso patrón de vida que estos recomiendan. Hay que reconocer que las leyes inspiradas de la divina justicia son hermosas por sí mismas, porque reflejan la gloria de su Autor y su inefable santidad. Pero una mera admiración especulativa por la Palabra de Dios no es la prueba de una conversión. Incluso los filósofos del mundo se han visto obligados a confesar la excelencia moral de la ética que Jesús enseñó pero, a pesar de ello, estos filósofos no son santos porque no tienen un corazón que ama a Dios, cómo Él les pide. Del mismo modo, ser capaz de aprobar sinceramente la fidelidad de una predicación sana no es una razón suficiente para tener la seguridad de la salvación.
Una carta a mi querido hermano:
Hay muchas cosas a las cuales es correcto que atiendas, pero hay una sola cosa que tiene importancia por encima de todas las demás: la salvación de tu alma. Aprender es bueno, pero si obtuvieras todo el aprendizaje posible, solamente te haría desgraciado si fueras echado al Infierno. Y así es con todo lo demás. Si, mediante la bendición de Dios, finalmente vas al Cielo, te irá infinitamente bien aun si has sido pobre y despreciado, miserable e ignorante.
Sabes que no deseo que descuides tu aprendizaje, pero tengo mucho más temor a que descuides las cosas eternas. Este es el verdadero aprendizaje; esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado1. Eso es lo que la Biblia llama sabiduría. Puede que un hombre sea un erudito en las cosas terrenales y, sin embargo, muy necio. ¿Qué puede ser más necio que regalar el gozo eterno para obtener unos cuantos años de placer? Eso es lo que hacen muchos hombres sabios según el mundo. El temor del Señor es el principio de la sabiduría2. Un niño a quien se le enseña sobre Dios sabe más de las cosas divinas de lo que sabía Sócrates.
Dame entendimiento para que guarde tu ley
y la cumpla de todo corazón (Sal. 119:34).
Para progresar correctamente a la hora de captar el mensaje de la Biblia debemos aprender a reconocer aquellas cosas que van siempre emparejadas y, entonces, dejar de intentar dividirlas. Un ejemplo: el pacto de Dios y su fidelidad; el tipo y el cumplimiento; estos son solo dos muestras de lo que podría llegar a ser una lista exhaustiva. En nuestro texto, el salmista une tres parejas que nosotros no debemos jamás divorciar en nuestra propia mente. El intento de separar estas cosas ha llegado a ser la ruina de innumerables almas y destruirá muchas más si el Señor sigue empleando su paciencia hacia los pecadores.
Enséñame, oh SEÑOR, el camino de tus estatutos,
y lo guardaré hasta el fin (Sal. 119:33).
Existe un dicho muy conocido que dice: “bien está lo que bien acaba” y en las Escrituras encontramos su contrapartida. En el libro de Eclesiastés encontramos: “Mejor es el fin de un asunto que su comienzo […]” (Ec. 7:8). Este tópico se verá de una forma más maravillosa en el reino espiritual cuando el fin de la obra salvífica de Dios, en infinidad de pecadores, surgirá para alabanza pública y eterna de su gracia y su poder.
¡Alégrate, pues, pobre cristiano! “Mejor es el fin de un asunto que su comienzo”. ¡Contempla ese gusano que se arrastra, con una apariencia tan despreciable! Es el comienzo de algo. Dale a ese insecto unas alas espléndidas e imagínatelo jugueteando bajo los rayos del sol, libando en las campanillas de las flores, lleno de felicidad y vida. ¡Ese es el final del asunto! Esa oruga nos representa a nosotros mismos hasta el momento en el que nos vemos envueltos en la crisálida de la muerte. Pero cuando Cristo aparezca, seremos como Él es porque le veremos tal y como es (cf. 1 Jn. 3:2). Debemos conformarnos con ser, como este insecto, gusano y no hombre para que cuando nos despertemos a la semejanza de Cristo, nos sintamos satisfechos de ser como Él1.
Adaptado por D. Scott Meadows de «El matrimonio cristiano en un mundo cambiante»
Introducción
Chapel Library acaba de publicar un cuadernillo escrito por A. N. Martin en colaboración con otros pastores. Es un manual para una boda cristiana celebrada en una iglesia, y presidida por un pastor. Aboga por que se piense en ello como un culto de adoración pública que debería validar e ilustrar el evangelio, y no presentar ninguna piedra de tropiezo a los asistentes. Este manual trata algunas cuestiones muy prácticas como el voto de sumisión de la esposa a su marido, el requisito de un atavío modesto y advertencias en cuanto a la bebida y el baile en la recepción de la boda.
Los pastores implicados en la elaboración de este manual tomaron conciencia de la necesidad de unas normas al comprobar que quienes profesan ser cristianos se muestran cada vez más mundanos que en los años pasados, en su forma de celebrar las bodas. Este cuadernillo será de gran ayuda para los pastores y las parejas a la hora de evitar malentendidos y problemas ya que podrán ponerse de acuerdo con antelación sobre los temas que en él se tratan.
Las críticas recibidas por el autor con respecto a estos criterios y prácticas le han llevado a incluir una postdata sobre el legalismo que es de gran utilidad en un ámbito aún más amplio de la casuística cristiana. En agradecimiento, la resumimos a continuación.
“Dado que hay tantas personas que viven bajo las ordenanzas [medio de gracia] fingiendo, sin razón, que tienen un interés especial en Cristo […]. Y dado que muchos que tienen buenas razones para reivindicar a Cristo, no se encuentran establecidos en la confianza de su favor, sino que permanecen en la oscuridad sin consuelo, vacilando en cuanto a la realidad de la piedad en sí mismos […]. Hablaré un poco sobre las cosas que más preocupan. Una es cómo puede saber una persona si está reclamando correctamente el favor y la salvación de Dios. La otra es que, si una persona no llega a tener la completa seguridad estando en esa prueba, ¿qué es lo que debe hacer?”.
James W. Alexander murió de disentería cuando tenía cincuenta y cinco años. Para conmemorar su fiel servicio como pastor, su congregación insertó una placa de mármol en la pared, junto al púlpito en la que se podía leer:
“En memoria de James Waddel Alexander, doctor en teología. Durante trece años fue el amado y venerado pastor de esta iglesia. Sus dones singulares y naturales, madurados por una generosa cultura, fueron entregados con éxito a su sagrada obra. Su ferviente piedad, su vida pura, sus tiernos afectos, su gran benevolencia y su incansable labor se ganaron la simpatía de su gente que lloran su muerte como la de un querido hermano y un amado amigo. Nació el 13 de marzo de 1804 y murió el 31 de julio de 1859”.
J.C. Ryle nació en Inglaterra en el año 1816. Sus padres fueron John y Susana Ryle. Terminó sus estudios en las Universidades de Eton y Oxford donde, además de adquirir una buena educación, fue conocido por su habilidad como jugador de cricket. Su conversión tuvo lugar en el año 1837 después de haber quedado fascinado por una lectura en público del capítulo dos de Efesios. El lector, cuyo nombre Ryle nunca conoció, hizo un gran hincapié en el versículo ocho, haciendo una breve pausa después de cada oración. Esto es lo que Ryle oyó: “Porque por gracia habéis sido salvados — por medio de la fe — y esto no de vosotros — sino que es don de Dios”. La justificación por la fe, la verdad que transformó a Lutero tuvo el mismo efecto sobre Ryle.